Por Matías Russo
Lo vengo sosteniendo desde junio, cuando todavía era una apuesta y no un resultado: traer a Rodolfo Arruabarrena es la mejor decisión que tomó Juan Román Riquelme desde que maneja el fútbol de Boca. No hablo solo de este tramo como presidente. Hablo también de los cuatro años como vicepresidente. Ninguna incorporación, ninguna renovación, ninguna otra elección de entrenador movió la aguja como esta.

El martes, en el Maracaná, apareció la prueba más elocuente. Boca había perdido 1-0 la ida en la Bombonera, necesitaba ganar por dos goles en Brasil —donde no ganaba desde diciembre de 2020— y ganó 3-1. El tercero lo hizo Leandro Paredes a los 87 minutos: un jugador que en la previa no iba a jugar, que fue al banco tocado y entró igual. Ese gol no es solo jerarquía. Es un equipo que cree que puede.
Conviene recordar de dónde venía todo esto. Cuando Arruabarrena aterrizó en Ezeiza, Boca acababa de quedar afuera de la Libertadores en la fase de grupos, Claudio Úbeda se había ido y el club sumaba tres años sin títulos bajo la presidencia de Riquelme. El plantel estaba golpeado y, peor, desvalorizado: futbolistas que el mercado y la tribuna ya daban por amortizados. El Vasco lo dijo en el aeropuerto, sin vueltas: había jugadores de jerarquía que no habían tenido un buen semestre, y su primera tarea era potenciarlos.
Hizo exactamente eso. No pidió diez refuerzos ni descartó medio plantel. Trabajó con lo que había, sumó lo justo, y lo que había volvió a valer. Merentiel recuperó la condición de amenaza permanente. Ascacíbar y Delgado sostienen el medio con oficio. Paredes encontró un equipo que lo entiende y lo usa como conductor. Y aparecieron nombres como Lozano —el del gol en el Morumbí— o Leonel Flores, que hace seis meses nadie ubicaba en un once titular.
Ese es el mérito menos visible y el más importante: Arruabarrena revaluó el plantel. En términos de club, convirtió pasivos en activos. En términos de vestuario, devolvió algo que no se compra en ningún mercado de pases: confianza.
Se nota en cómo Boca juega los partidos difíciles. Contra O’Higgins sufrió y pasó por penales. Contra Recoleta liquidó la serie con un 7-1 global. En San Pablo sostuvo un 1-1 en un Morumbí hostil y quebró una racha histórica negativa en Brasil. Y en el Maracaná —el mismo estadio de la final perdida en 2023— dio vuelta una serie que estaba cuesta arriba. Un equipo con dudas no hace eso. Un equipo que confía en su entrenador, sí.
Tampoco es solo la Copa. Boca es líder de la tabla anual, sigue en carrera en el Clausura y tiene por delante una semifinal de Copa Argentina. La regularidad también es un síntoma.
Riquelme tuvo aciertos y errores en estos años, y el más repetido fue el banco. Por Boca pasaron Russo, Battaglia, Ibarra, Almirón, Martínez, Gago, otra vez Russo, Úbeda. Muchas veces la elección pareció responder más a la urgencia o a la cercanía que a un proyecto. Con Arruabarrena juntó las dos cosas que casi nunca había logrado juntar: un hombre de la casa —compañero suyo en Boca y en Villarreal— y un técnico que ya sabía lo que era agarrar un Boca golpeado. Lo hizo en 2014, tras la salida de Bianchi, y en 2015 ganó el torneo y la Copa Argentina. La década siguiente la pasó dirigiendo afuera, y volvió con más herramientas. La ironía es que hasta Mauricio Macri, el crítico más duro de la gestión, había incluido su nombre entre los entrenadores que debería tener “un club serio”.
Falta Barranquilla, el 21 de noviembre. Boca va por su tercera Sudamericana y por cortar 18 años sin títulos internacionales. Arruabarrena, con buen criterio, pidió mantener los pies sobre la tierra. Pero se gane o se pierda, el diagnóstico no cambia: esta fue la mejor decisión de Riquelme. La única pregunta que queda es por qué tardó tanto en tomarla.
Lo dije también al aire en Otro Ángulo: Arruabarrena es la mejor decisión de Riquelme y pidió un premio para el Vasco.
Matías Russo es fundador de RevistaSoloBoca, socio e hincha de Boca Juniors y conductor en POSTA Stream. Seguilo en X, Instagram, YouTube y LinkedIn.




